La Globalización; un saldo negativo.

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Santiago García Casado

Las organizaciones económicas internacionales que mantienen el sistema económico en que se basa la Globalización, tienen su origen como consecuencia de un mundo creado a finales de la Segunda Guerra Mundial. En 1944, cuando los Estados Unidos observó que el fin de la Segunda Guerra Mundial estaba próximo y con ello, el enterramiento de los regímenes totalitarios que amenazaban su hegemonía, pusieron en marcha una serie de conferencias, reuniones y bases sobre las que construir un mundo que tradujese su esperanza en realidad. El libre mercado, el liberalismo salvaje sobre el que se había construido el “american dream” y la hegemonía de la economía de mercado eliminaban ya casi todas las trabas que podían encontrarse. La conferencia de Bretton Woods dio vida al FMI y al Banco Mundial y se empezó a gestar los acuerdos GATT. Los fines para los que fueron creados estos organismos han logrado sus objetivos, multiplicando el crecimiento económico, y liberalizando el comercio de bienes y servicios. Sin embargo, todas estas cifras han obviado el resultado real de la Globalización. El ciudadano “de a pie” alienado por la educación tutelada por las fuerzas políticas de la democracia liberal, continúa considerando que el crecimiento económico ofrece la respuesta adecuada a los problemas sociales y ambientales, y que con ella, la globalización económica constituye su principal motor. Existe un pensamiento único creado para concebir la globalización como un aspecto positivo en todas sus manifestaciones. Sin embargo, este proceso globalizador no es tan generoso como indica una primera visión sesgada de sus cifras económicas. Hay que analizar la globalización desde muchas otras ópticas que están siendo obviadas.

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Considero que el saldo total de la Globalización ha sido negativo. Reconozco que esta afirmación no entra en los parámetros del political correctness imperante. Pero creo que es posible sostener que los únicos beneficiarios de la globalización son las mega-corporaciones financieras, las grandes transnacionales y los partidos políticos que han vivido a la sombra de este proyecto político configurado entorno al beneficio de unos pocos y al sacrificio de la gran mayoría. Stiglitz sostiene que los organismos económicos internacionales han tratado de perpetuar los intereses de los países más poderosos en detrimento de los intereses de los países más desfavorecidos. Esta afirmación me parece cierta, pero también considero que es incompleta, puesto que omite que los organismos económicos internacionales (FMI, BM, OMC), son totalmente apátridas y únicamente se rigen por criterios de beneficio financiero, desvinculándose de los intereses de los países. Stiglitz considera que los parámetros para cuantificar el crecimiento económico no deben circunscribirse a las cifras de PIB.

La globalización designa a este inaudito desarrollo como la omnimercantilización del mundo[1]. La mercantilización de todo, incluso del mundo, destruye el estado-nación y vacía la política de su sustancia, acumulando enormes amenazas sobre el medio ambiente, corrompiendo la ética y destruyendo las culturas. La Globalización ha dejado al Dios Mercado al cargo de todo, y en los últimos tiempos ya son muchas las voces que alertan sobre los perjuicios de dejar al libre Mercado como regulador de las economías, las sociedades y en definitiva del Planeta. Este libre mercado ha conllevado el mayor grado de desigualdad jamás conocido, polarizando el planeta en países desarrollados (Norte) y países “en vías de desarrollo” -léase: pobres- (Sur), pero no siendo esto suficiente, ha polarizado también las propias sociedades internamente, generando un cuarto mundo (el de los marginados, aquellos que han quedado excluidos de la vorágine consumista) y una nueva clasificación (centro-periferia). En esta división, los países del Norte o del Centro someten a los países del Sur o a la Periferia a sus condiciones económicas a modo de un nuevo imperialismo, determinado por los intereses de las grandes corporaciones de las que los Gobiernos hacen de ejecutores de las decisiones adoptadas por las élites de poder. Los representantes de los gobiernos tampoco esconden esta situación, no en vano, recientemente la canciller alemana Angela Merkel manifestaba en una locución radiofónica que las decisiones políticas adoptadas por la Unión Europea debían ser marketconform democratie[2]. Las grandes corporaciones financieras incrementan sus cuentas de resultado a costa del empobrecimiento generalizado de la mayoría de seres humanos. Es la cara oculta de la globalización.

En este contexto han surgido nuevas teorías económicas[3] (que no son tan nuevas) y que invocan a una economía no dirigida únicamente por el Estado, pero tampoco abandonada a las reglas del libre mercado, dado que los resultados de ambas formulaciones han dejado claro que ninguna de las dos formulas, aplicadas excluyentemente satisfacen el bien común.

El modelo actual de globalización es perjudicial para todos, salvo para los únicos beneficiarios (las élites financieras y las grandes corporaciones económicas). Para que la Globalización fuese beneficiosa para el conjunto de la humanidad, incluso para los países en vías de desarrollo, sería necesario cambiar la concepción económica actual, prevaleciendo el bien común sobre el individualismo, favoreciendo la redistribución de la riqueza, fomentando el crecimiento ajustado únicamente a la necesidad de las comunidades, imponiendo elevadas tasas a las transacciones financieras, erradicando las practicas financieras no-éticas y sancionando a aquellos países que mantengan la consideración de paraísos fiscales. Se hace preciso limitar las prácticas que promueven el beneficio económico por encima del beneficio de las personas, el medio ambiente y el Planeta.

La teoría del decrecimiento plantea el carácter necesario del crecimiento (además concebido como ilimitado) en el sistema capitalista como algo no universal y, por tanto, como algo con efectos colaterales importantes (contaminación, agotamiento de recursos, etc.) debido al carácter finito del propio mundo y sus recursos y a la relación establecida por el capitalismo entre riqueza (y consumo) y la felicidad del individuo.

Para Serge Latouche el progreso está en los cimientos de la economía, pero la economía también es necesaria para el establecimiento del progreso. En el mundo contemporáneo hay una “verdad” del progreso, del mismo modo que hay una “verdad” del desarrollo. El criterio de verdad del progreso no es otro que el PNB per cápita. Y la verdad del progreso reside en la invención y el cambio continuo de las técnicas, que son el factor privilegiado de ese crecimiento de las fuerzas productivas que es el desarrollo.[4]

En el escenario actual, los países con mayores recursos naturales se ven forzados a entregar parte de su soberanía tras procesos de colonización por parte de las multinacionales y de las élites financieras que mediante la presión internacional y de los mercados de deuda, se hacen con el control de la política del país imponiendo sus reglas, sus gobernantes y determinando el curso de la política del país, con el objetivo de controlar esos recursos naturales y con ello el mercado mundial de commodities (materias primas). De esta manera los países desarrollados gozan de una asistencia técnica descomunal de los países del Sur. Los países ricos representan el 20% de la población mundial y consumen el 86% de los recursos naturales.

Es imprescindible una transformación en la concepción de la economía y de la política. Se hace necesario acabar con el economicismo que lo impregna todo, y educar a la ciudadanía para que vuelva a entender que la política debe estar por encima de la economía, que la política debe dirigir la economía de los pueblos y no al revés. Es imprescindible que la lógica de la política se imponga y acabe con un sistema de crédito controlado por las élites financieras mundiales, pasando cada país a tener el control de su propio endeudamiento a través de su propio organismo bancario, no dejando a los Estados prisioneros de la banca[5], se hace imprescindible que los Estados mantengan bajo su control los Bancos centrales de turno[6]. En mi opinión una amplia implementación de políticas de Gobierno Abierto, que fomenten la democratización real de las políticas, basadas en open data, que promuevan la participación, la colaboración y la transparencia de todos los aspectos de la política y de la economía nacional, pueden ayudar a sacar del oscurantismo las relaciones entre los Gobiernos de los Estados y los ocultos intereses de la Alta finanza internacional. Se precisa un cambio radical del paradigma económico y político que rige el porvenir de nuestro planeta. Un nuevo paradigma se hace imprescindible.

Santiago García Casado

 


[1] Goldsmith, E. (2003). Processo a la Globalizzazione. Bolonia. Arianna Editrice. Pág 16.

[2] Democracia determinada por el Libre Mercado.

[3] A este respecto el economista Christian Felber ha profundizado con la propuesta de la Economía del Bien común.

[4] Latouche, S. (1999): “Metafísica del progresismo”, en Rev. Hespérides nº 19. Madrid. Pág 91 y ss.

[5] Benoist, A (2012). Sull’Orlo del Baratro. Bolonia. Arianna Editrice. Pag. 67.

[6] Verstrynge, J. (2013). Contra quiénes luchar. Barcelona. Ediciones Península. Pág. 63.